Éste es mi momento. Vamos, salgamos a la luz.
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sábado, 17 de marzo de 2012

Histeria.

Me gustaría que dejaras de existir. Simplemente que desaparezcas, que te transformes en un ente, un fantasma, del que sólo oigo hablar y no veo, escucho ni siento. Me gustaría que seas un rumor, un recuerdo de la sociedad del pasado, algo que ya no existe. Que pases por mi vida como la brisa marina, salada e imperceptible, apenas un poco abrumadora, pero agradable; un buen recuerdo impreciso y escurridizo. Latente y permanente. Pero carente de importancia, sepultado para siempre en el limbo de la inconciencia de mi mente.
Pero lamentablemente, no es así. No podés simplemente dejar de existir. Y como si esto fuera poco, ni siquiera puedo hacer de cuenta, en mi vida cotidiana, que esto es así, porque pertenecemos al mismo círculo de amigos, nos movemos en la misma corriente social, compartimos salidas, lugares de encuentro, juntadas.
Y hoy fue uno de esos días en que coincidimos en una de ellas. Lo peor de todo es que yo no estaba de humor para verte. Estaba teniendo un grave problema de autoestima, me veía demasiado flaca, esmirriada, fea. Ojerosa. El pelo aplastado. Totalmente decaída en todo aspecto. Así me sentía. Y no tenía ganas de verte y que me cortes el rostro, que te rías con todo el mundo mientras yo estaba inmersa en esa depresión que nada tenía que ver con vos, sintiéndome ajena a todos, nadie me hablaba ni se me acercaba y para colmo estaba sola.
Está bien, admito que verte me afectó bastante. Pero ya venía con esa idiotez de antes y me molesta mucho que pienses que es por vos. No quiero seguir alimentando tu ego haciéndote saber que todavía te quiero. No quiero que pienses que estoy mal por vos, porque eso ya no es cierto. Es verdad que todavía te quiero, pero no lo es que por no tenerte estoy mal. Ya lo dije antes. Estoy convencida de que puedo sacarte de mi cabeza, que es lo fácil, para que con el olvido vayas desapareciendo lentamente de mi corazón.




sábado, 23 de julio de 2011

Fantasía y realidad.

¿Será posible que inconcientemente te siga esperando? ¿Que me pierda constantemente en mis fantasías? ¿Y que salga adelante a pesar de todo? ¿Será posible?



Ayer salí de mi casa y me senté en el cordón de la vereda de enfrente a esperarte. Vos no lo sabías, claro, pero tenía la vaga esperanza, aunque no lo quería aceptar, de que aparecerías doblando la esquina, haciendo girar las llaves entre tus dedos y con la campera negra con rayas grises desabrochada, ondeando por la velocidad de tu caminata.
Nadie se enteró de que estaba esperándote.
Imaginé incluso tu cara al verme allí sentada, primero de sorpresa y luego inexpresiva, un saludo vago al pasar por mi lado, y luego me darías la espalda para abrir el portón. Entrarías apresurado, buscarías tu bicicleta y al salir me preguntarías:
-¿Qué hacés acá?
-Nada –diría yo –estaba hablando por teléfono con Pau, y cuando corté me quedé pensando. Además acá hay solcito –y te señalaría el débil rayo de sol que caía sobre mi espalda.
Imaginé tu expresión de extrañeza disfrazada de indiferencia. Tomarías tu bicicleta y amagarías a irte. Pero antes, te preguntaría una cosa:
-Qué feo es ver cómo todo se ha ido al carajo, ¿no?
Pero hasta ahí llega mi imaginación. Prefiero pensar que habrías dicho “claro” y te habrías ido antes de darme tiempo a nada más. Eso es más sencillo que ponerme a pensar tu verdadera reacción.
Te conozco lo suficiente como para saber que esa frase te habría dejado sin palabras. Es decir, mil cosas hubieran pasado por tu cabeza, pero no sé con exactitud cuál de ellas me hubieras contestado. Quizás te enojarías. Quizás directamente no reaccionarías ante ello, te hubieras ido sin contestarme, o quizás también hubieras decidido quedarte a hablar conmigo. Aunque realmente, no lo creo.
Pero ¿para qué seguir indagando sobre ello? ¡Esa escena nunca existió! Por más que me quedé allí sentada más de media hora, ni un recuerdo de tu existencia apareció por la vereda. Nada. Ni un soplo. Ni un familiar, ni siquiera algún otro usuario del famoso garaje de enfrente. En ese lugar ya no había ni una milésima parte de vos, excepto mis recuerdos.
Pero por más que te esperé y no apareciste, por más que imaginé una escena en la que sí aparecías y por más que la desilusión me llenó al verme obligada a irme de allí sin haberte visto, pienso que es mejor así. Es mejor no verte, ni hablarte, ni acercarme a vos. Es mucho mejor olvidarte.
Ahora que aprendí en cierta medida a no tenerte, que aprendí a dejar de pensar en vos y a parar de hablarle de lo que me pasa a todo el mundo, me siento más feliz. Ahora que los recuerdos no entran en mi mente hasta que me voy a dormir, que cambié de rutas, que renové el Chi, que me ocupo de mi cuerpo y de mi mente de manera más sana, ahora que me llené de amigas, de abrazos y de energía positiva, soy feliz.
Aprendí que sin vos puedo ser feliz. Puedo sacarte de mi mente la mayoría del tiempo, aunque sigas en mi corazón. Puedo olvidar que te amo, olvidar que te extraño y ocuparme más de mí, que es lo que vale.
Y sobre todo, sé que puedo encontrar a alguien que discretamente te eche a patadas de mi corazón, limpie los escombros, arregle los estragos que ocasionaste, y, cómodamente, ocupe tu lugar.