Éste es mi momento. Vamos, salgamos a la luz.
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domingo, 11 de noviembre de 2012

¿Más dolor?

Y para ser más franca, nadie piensa en ti como lo hago yo, dice Shakira en una de mis canciones favoritas.
Nunca había llorado con una canción. Nunca había llorado tan seguido. Nunca había llorado así.
Maldita sea la genialidad de esa cabeza brillante que tan bien sabe expresar lo que todas sentimos. Lo que siento yo ahora, por culpa tuya:

El cielo está cansado ya de ver la lluvia caer,
y cada día que pasa es uno más parecido a ayer.
No encuentro forma alguna de olvidarte porque
seguir amándote es inevitable.

Y no puedo hacer más que seguir escuchándola, y llorar. Llorar como no recuerdo haber llorado jamás. Llorar como nunca lloré por nadie. Aunque te de lo mismo.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Pasión (la trampa engañosa del amor)


Antes dije que últimamente veía mi vida, o la parte de ella que compartí con vos, como un libro que no quiero cerrar. Es cierto, sigo repitiendo capítulos, y hay uno en particular que sigue apareciendo repetidas veces en mi mente. Es uno de mis favoritos, por lo tanto, uno de los que más me lastiman. Y uno de los que más me cuesta cerrar.
Fue ese día que volviste de tus vacaciones en Entre Ríos con tu mamá y tu abuelo. Supuestamente me habías extrañado mucho, porque ibas a estar únicamente con tu familia y un par de amigos. Sé que les contaste a ellos sobre mí por ciertos comentarios en las fotos del viaje que subiste, y te aseguro que nada me puso más contenta que eso. Me daba la seguridad de que te acordabas de mí y de que les contabas sin vergüenza a otros que estabas conmigo.
Ese día fuimos al club, y yo no sabía que habías vuelto. Cuando los chicos tocaron mi puerta y te vi ahí, en la vereda, vestido como si fuese un día normal y mirándome con una sonrisa de oreja a oreja, no pude más que salir corriendo a abrazarte. Fue un abrazo tan fuerte, y un beso tan fugaz el que me diste. Un beso que significó “te extrañé”, y me di cuenta por la fuerza con que me lo diste. Pasaron los segundos y no quería soltarte, pero teníamos que irnos y teníamos, por así decirlo… “público”.
Fue esa noche que nos quedamos encerrados en la habitación de Joaquín, mi hermano. Nos quedamos colgados en la computadora, hablando sobre tu viaje y sobre mis días mientras vos no estabas. Tan entretenidos nos tenía la charla que no nos dimos cuenta de que nuestros amigos, en un acto de picardía, habían cerrado las dos entradas a la habitación con llave.
Me senté en la cama y te me acercaste deslizándote en la silla con rueditas de la computadora. Empezamos a hablar de la historia económica de tu familia, y de la mía. Hablamos hasta que se agotaron los temas, y en la primera duda que surgió en mi mente, el primer desliz que cometí en la conversación, aprovechaste para tomarme por la nuca, y besarme.
Me besaste como si aquella fuera la primera vez que ibas a hacerlo. Como un segundo primer beso, rozaste mis labios dulcemente mientras me atraías contra tu pecho y me estrechabas entre tus brazos. Me besaste lentamente y dijiste “te extrañé, ¿sabías?” mientras yo me enroscaba en tu cuello, hipnotizada. Salvajemente me fui apretando contra tu pecho, mientras me besabas con fuerza en mis labios aprendices. Tus dientes raspaban mis labios, y tiraban de ellos como si les pertenecieran. Pero no me asusté, porque sabía que vos no me ibas a hacer daño. Te dejé hacer, mientras mis manos recorrían traviesas las figuras perfectas de tu cuerpo. Me enredé en tu pelo, enroscando mis dedos en él y tirándolo hacia atrás suavemente. Recorrí con éxtasis tu espalda, tan dura y fuerte, capaz de llenarme de seguridad y orgullo. Me deslicé con timidez hacia tu pecho, y tu vientre trabajado. Coloqué mi mano derecha sobre tu corazón, que nos acompañaba con latidos irregulares en nuestro rozagante juego de la seducción. Dos latidos, luego una pausa, tres latidos rápidos, otra pausa, y comienza otra vez. ¿Cómo olvidar el sonido acompasado del ritmo que llevaba la danza de nuestros labios, el nismógeno placer de nuestras caricias, el delirante éxtasis de la pasión?
Acaricié tu cuello porque sé que te gustaba, te abracé más fuerte para sentirme tuya. Nunca te sentí lo suficientemente cerca, aunque entre nosotros no cabía un alfiler.
Y así fue como lentamente, mientras me estrechabas con fuerza la cintura, tu lengua traviesa acarició el portal de mis labios y exploró mi boca con cierta timidez. Y sentí ese cosquilleo intenso recorriéndome la espalda, que me hacía temblar ligeramente y transformaba mi respiración entrecortada cada vez que lo hacías, mientras te seguía el juego tratando de animarte a más, de despojarte de tu supuesta timidez.
Y juntos exploramos nuestras bocas, nos acariciamos suavemente, nos estrechamos con pasión. Lo hacíamos sincronizadamente, nos sentíamos uno solo. El tiempo pasaba sobre nosotros sin afectarnos, el entorno ya no existía.
Ya no veía, no escuchaba, no olía, ni pensaba. Sólo sentía. Te sentía tan cerca de mí, te veía al tacto. Y nos abstraíamos en nuestra esencia.
Y tan entregados estábamos al sibaritismo nismógeno de esa pasión, que apenas nos dimos cuenta de que nuestros besos se volvían suaves, dulces, lentos. Lentamente se despertaron mis sentidos, y me llenó tu perfume. Te solté y te abracé con fuerza, me hundí en tu cuello, cerré mis ojos y me entregué, despacio, a esa posguerra del amor que con ansias compartimos.

sábado, 17 de marzo de 2012

Histeria.

Me gustaría que dejaras de existir. Simplemente que desaparezcas, que te transformes en un ente, un fantasma, del que sólo oigo hablar y no veo, escucho ni siento. Me gustaría que seas un rumor, un recuerdo de la sociedad del pasado, algo que ya no existe. Que pases por mi vida como la brisa marina, salada e imperceptible, apenas un poco abrumadora, pero agradable; un buen recuerdo impreciso y escurridizo. Latente y permanente. Pero carente de importancia, sepultado para siempre en el limbo de la inconciencia de mi mente.
Pero lamentablemente, no es así. No podés simplemente dejar de existir. Y como si esto fuera poco, ni siquiera puedo hacer de cuenta, en mi vida cotidiana, que esto es así, porque pertenecemos al mismo círculo de amigos, nos movemos en la misma corriente social, compartimos salidas, lugares de encuentro, juntadas.
Y hoy fue uno de esos días en que coincidimos en una de ellas. Lo peor de todo es que yo no estaba de humor para verte. Estaba teniendo un grave problema de autoestima, me veía demasiado flaca, esmirriada, fea. Ojerosa. El pelo aplastado. Totalmente decaída en todo aspecto. Así me sentía. Y no tenía ganas de verte y que me cortes el rostro, que te rías con todo el mundo mientras yo estaba inmersa en esa depresión que nada tenía que ver con vos, sintiéndome ajena a todos, nadie me hablaba ni se me acercaba y para colmo estaba sola.
Está bien, admito que verte me afectó bastante. Pero ya venía con esa idiotez de antes y me molesta mucho que pienses que es por vos. No quiero seguir alimentando tu ego haciéndote saber que todavía te quiero. No quiero que pienses que estoy mal por vos, porque eso ya no es cierto. Es verdad que todavía te quiero, pero no lo es que por no tenerte estoy mal. Ya lo dije antes. Estoy convencida de que puedo sacarte de mi cabeza, que es lo fácil, para que con el olvido vayas desapareciendo lentamente de mi corazón.




jueves, 4 de agosto de 2011

La persona.

Ese vos que ya no existe.








A veces me pongo a pensar en la manera en que te necesito. Escribir acá, abrirte mi corazón en estas páginas es una manera de comunicarme con vos sin que te des cuenta. Sin que sepas en realidad que te estoy hablando. Que te estoy contando mis cosas, que te estoy confesando cuánto te extraño.
Pero me di cuenta de que cuando pienso en vos, cuando pienso que te necesito, no me acuerdo de vos. Me acuerdo de esto. Me acuerdo de mis momentos sola frente a la computadora en los que abro mi corazón a la persona que eras antes, no a la que sos ahora. Esa persona que yo quería y me quería, esa persona que en el último tiempo aparecía de vez en cuando, y desaparecía cuando me tenías lejos, incluso cuando estábamos en un grupo numeroso de gente, cuando todos nos veían.
La persona que yo quiero es alguien que ya no existe, y tengo que aprender a olvidarlo.

sábado, 23 de julio de 2011

Fantasía y realidad.

¿Será posible que inconcientemente te siga esperando? ¿Que me pierda constantemente en mis fantasías? ¿Y que salga adelante a pesar de todo? ¿Será posible?



Ayer salí de mi casa y me senté en el cordón de la vereda de enfrente a esperarte. Vos no lo sabías, claro, pero tenía la vaga esperanza, aunque no lo quería aceptar, de que aparecerías doblando la esquina, haciendo girar las llaves entre tus dedos y con la campera negra con rayas grises desabrochada, ondeando por la velocidad de tu caminata.
Nadie se enteró de que estaba esperándote.
Imaginé incluso tu cara al verme allí sentada, primero de sorpresa y luego inexpresiva, un saludo vago al pasar por mi lado, y luego me darías la espalda para abrir el portón. Entrarías apresurado, buscarías tu bicicleta y al salir me preguntarías:
-¿Qué hacés acá?
-Nada –diría yo –estaba hablando por teléfono con Pau, y cuando corté me quedé pensando. Además acá hay solcito –y te señalaría el débil rayo de sol que caía sobre mi espalda.
Imaginé tu expresión de extrañeza disfrazada de indiferencia. Tomarías tu bicicleta y amagarías a irte. Pero antes, te preguntaría una cosa:
-Qué feo es ver cómo todo se ha ido al carajo, ¿no?
Pero hasta ahí llega mi imaginación. Prefiero pensar que habrías dicho “claro” y te habrías ido antes de darme tiempo a nada más. Eso es más sencillo que ponerme a pensar tu verdadera reacción.
Te conozco lo suficiente como para saber que esa frase te habría dejado sin palabras. Es decir, mil cosas hubieran pasado por tu cabeza, pero no sé con exactitud cuál de ellas me hubieras contestado. Quizás te enojarías. Quizás directamente no reaccionarías ante ello, te hubieras ido sin contestarme, o quizás también hubieras decidido quedarte a hablar conmigo. Aunque realmente, no lo creo.
Pero ¿para qué seguir indagando sobre ello? ¡Esa escena nunca existió! Por más que me quedé allí sentada más de media hora, ni un recuerdo de tu existencia apareció por la vereda. Nada. Ni un soplo. Ni un familiar, ni siquiera algún otro usuario del famoso garaje de enfrente. En ese lugar ya no había ni una milésima parte de vos, excepto mis recuerdos.
Pero por más que te esperé y no apareciste, por más que imaginé una escena en la que sí aparecías y por más que la desilusión me llenó al verme obligada a irme de allí sin haberte visto, pienso que es mejor así. Es mejor no verte, ni hablarte, ni acercarme a vos. Es mucho mejor olvidarte.
Ahora que aprendí en cierta medida a no tenerte, que aprendí a dejar de pensar en vos y a parar de hablarle de lo que me pasa a todo el mundo, me siento más feliz. Ahora que los recuerdos no entran en mi mente hasta que me voy a dormir, que cambié de rutas, que renové el Chi, que me ocupo de mi cuerpo y de mi mente de manera más sana, ahora que me llené de amigas, de abrazos y de energía positiva, soy feliz.
Aprendí que sin vos puedo ser feliz. Puedo sacarte de mi mente la mayoría del tiempo, aunque sigas en mi corazón. Puedo olvidar que te amo, olvidar que te extraño y ocuparme más de mí, que es lo que vale.
Y sobre todo, sé que puedo encontrar a alguien que discretamente te eche a patadas de mi corazón, limpie los escombros, arregle los estragos que ocasionaste, y, cómodamente, ocupe tu lugar.